Expedición al Monte Roraima (3-2000)


Viernes 3 de marzo:
Salí de la oficina directamente para el aeropuerto. Salimos como a las 19.30 para llegar a Boa Vista –luego de sendas escalas en Brasilia y Manaos- a las dos y media de la mañana.
Conocí a los que serán mis compañeros durante la próxima semana, en el avión o en el aeropuerto de Boa Vista. Los datos sobre ellos que coloco a continuación no los supe todos en el primer día sino con el paso del tiempo, pero los pongo juntos para ordenar un poco la cosa. Una libertad literaria que le dicen. Son mis compañeros de expedición los siguientes:
Marcelo (31): el guía, de la empresa Brasil Aventuras, con sede en Belo Horizonte.
Claudia (36): Psiquiatra, de Belo Horizonte también. Es Directora Técnica de un hospital público de Psiquiatría de Belo Horizonte. Considerando su edad y el hecho de ser mujer en una sociedad que no es preciso conocer en detalle para imaginar machista, lo que ha alcanzado parece un logro profesional importante.
Marcelo (26): Periodista de San Pablo, está haciendo una nota sobre el estado de Roraima para el Jornal da Tarde. Hizo estudios de periodismo y de agronomía, pero no completó ni el uno ni el otro prefiriendo dedicarse a la práctica activa del periodismo.
Allessandra (32): Viene de Río de Janeiro. Tiene, junto con su familia, una empresa de distribución de alimentos hipocalóricos congelados. Hizo estudios de comunicación visual, de donde seguramente nació su gusto por la fotografía.
A eso de las tres de la madrugada llegamos muy cansados al hotel y nos fuimos inmediatamente a dormir.

Sábado 4 de marzo
Luego de desayunar salimos a pasear por Boa Vista. La ciudad es capital del estado de Roraima, uno de los más pobres de Brasil. El trazado urbano es obra de Oscar Niemeyer, el famoso arquitecto brasileño que a mí no me gusta nada. Entre otras obras, hizo la catedral de Río de Janeiro, la de Brasilia, el edificio del Congreso en esa ciudad, el Memorial de América Latina en San Pablo, museos en el Parque Ibirapoera en San Pablo y muchas cosas más. Para mí, Niemeyer es más un constructor de homenajes a su ego que otra cosa. Aunque creó los más famosos edificios de Brasilia, no es el autor del plano urbano de esa ciudad (que es de Lucio Costa), en cambio, sí realizó esta tarea en Boa Vista.
La ciudad tiene todo el aspecto de pueblo de pioneros, de pueblo del lejano oeste del siglo XX, de avanzada en la selva, por decirlo de alguna manera. Descansa sobre el Río Branco. En su plaza central, alrededor de la cual se concentran los edificios públicos, varios de ellos de típico estilo Niemeyer, hay una estatua al garimpero (buscador de minerales, minero independiente), ya que a él se debe buena parte de la escasa riqueza del estado. Aún al día de hoy, el garimpo continúa siendo la actividad económica más importante del estado.
Hay también un enorme Arco de Triunfo en versión moderna, exactamente igual al de La Defense, en Paris. Otro horror de Niemeyer, seguramente.
Roraima tiene 224 mil kilómetros cuadrados (es más grande que Uruguay que tiene 187 mil) y apenas 262 mil habitantes lo que se traduce en una bajísima densidad poblacional (1.11 habitantes por kilómetro cuadrado). Produce apenas al 0.11% del PBI del Brasil.
Como a las once de la mañana partimos rumbo a Santa Elena del Uarién, un pueblo ya del lado venezolano. Allí nos alojamos en una posada muy acogedora, propiedad de Pablo Artal, un artista plástico chileno radicado hace ya más de veinte años en la Gran Sabana y treinta en Venezuela. Su mujer es colombiana y sus hijos venezolanos. La posada está en las afueras de Santa Elena y tiene una muy linda vista de la Sabana. A lo lejos, se alcanza a distinguir la cumbre del Monte Roraima. Los cuartos son todos obra de Don Pablo, que es una especie de Páez Vilaró, artista sin formación universitaria en arquitectura pero que se ha interesado en construir viviendas poco convencionales. En este momento Pablo está comenzando una estatua de Bolívar que le encargó la Municipalidad de Boa Vista para su plaza central. Tendrá doce metros de altura y se construirá en bronce. Por ahora sólo está terminada la cabeza, en cemento, de la que tomé una foto.
El Monte Roraima es casi el punto más septentrional de Brasil. Digo casi porque estrictamente esta distinción es para el Monte Cabirú, mucho más bajo –1400 metros-, unos pocos kilómetros al este del Roraima. La latitud del Roraima es de unos cinco grados norte, o sea, poco arriba del Ecuador, que pasa entre Boa Vista y Manaos.
Cenamos en el taller de Pablo, rodeados de música instrumental, cuadros, potes de pintura y maquetas de las construcciones que Pablo tiene proyectado realizar en algún futuro.

Domingo 5 de marzo
Tomamos un agradabilísimo desayuno con abundante frutas y jugos y partimos en todoterreno rumbo a Paraitepuy, una aldea indígena a unos 85 kilómetros de Santa Elena del Uarién. La aldea es de la etnia Pemón, indios que hablan una lengua propia, derivada del karib, lo que indica su origen histórico: descienden de tribus que habitaban el litoral del Caribe y se trasladaron hacia el interior junto con los ingleses. Roraima quiere decir “piedra azul” en la lengua pemón.
El camino comienza en la oficina del guardaparques, donde hay una balanza que me sirvió para comprobar que mi mochila pesa quince kilos. Aproximadamente tres horas de caminata por terreno ondulado y con poco desnivel, nos permitieron llegar al Río Cuquenán, (o Kukenán, lo pueden encontrar escrito de una u otra manera, según el criterio que se use para transcribir al alfabeto occidental la lengua indígena) donde Randolfo tiene una casa. Randolfo es uno de los dos indios de la aldea que nos hacían de porteadores y guías locales al mismo tiempo (es obligatorio llevar al menos un guía local). Todos llevábamos mochila salvo Alessandra, que tiene un pequeño problema de columna y por tanto halló prudente contratar un porteador. El otro porteador fue contratado por Marcelo (guía) para llevar material de uso común, fundamentalmente comida.
Descansamos, sacamos fotos y preparamos la comida, o mejor dicho, Marcelo nuestro guía preparó la comida. La cocinilla nos dio algunos problemas –se apagaba cada pocos minutos- que nos hicieron temer que sucedería si esto se repetía en la montaña. Afortunadamente, el problema con la cocina no volvió a producirse más. Probablemente se debió a que era nueva y tenía alguna suciedad de fabricación en sus conductos. Marcelo (guía) tuvo el buen tino de traer un poco de coñac, lo que fue muy apreciado por todos.

Lunes 6 de marzo
Nos levantamos a las cinco y media, gracias al único reloj del grupo –el mío-. Todos dejaron sus relojes pensando que no los necesitarían. Craso error, un reloj en la montaña es fundamental para saber cuando uno debe levantarse, cuanto se ha caminado, cuanto se puede aún caminar hasta la caída del sol, etc.
La primera parte del día fue leve, similar al día anterior, pero la tarde fue bien exigente del punto de vista físico, ya que en esas hora se asciende verdaderamente a la cumbre, sorteando la impresionante pared vertical de aproximadamente cuatrocientos metros. De lejos, parece que será imposible escalar esa pared, pero hay una imperfección en la misma, una vía que permite el ascenso sin necesidad de escalar.
Llegamos a la cima como a las tres de la tarde. No tengo más remedio que repetir lo escrito ayer, ya que hicimos exactamente las mismas cosas: descansar, sacar fotos y preparar la comida.
A quien no ha visto un tepuy de cerca, es difícil describírselo. Es una meseta de lados casi perfectamente verticales, su superficie es plana y habitualmente muy grande. La del Monte Roraima tiene unos cuarenta kilómetros cuadrados (17 kilómetros de máxima dimensión en un sentido, seis en el otro). El Auyantepuy –donde está el salto del Ángel, que con algo más de 900 metros de caída es la catarata más alta del mundo- tiene 700 kilómetros cuadrados de superficie.
Sorprende ver la sumisión de Randolfo y Ricardo, nuestros guías indígenas. Siempre permanecen callados, aún durante la cena, a un costado, y no piden nada hasta que no les es ofrecido. Cargan más de veinte kilos cada uno usando unas rudimentarias mochilas que llaman Guayare, hechas con paja y madera. Tengo varias fotos de ese equipo y finalmente le compré a Randolfo su guayare, por lo que quien quiera verlo sólo tiene que venir a casa. Con tan primitivo equipo llevan más carga que la que llevamos nosotros en promedio, pese a que contamos con sofisticadas mochilas ergonométricas y regulables.
Tamaña sumisión, fruto de quinientos años de segregación, me trajeron a la mente aquellos versos mexicanos:

Se nos quedó el maleficio
De brindar al extranjero,
Nuestra fe, nuestra cultura,
Nuestro pan, nuestro dinero.

Pero si llega cansado,
El indio de andar la sierra.
Lo miramos y lo vemos,
Como extraño por su tierra.

Es así efectivamente. Uno se encuentra con un holandés por la calle y se desvive siendo gentil y ayudándolo a encontrar el lugar al que se dirige. En cambio, si encontramos un indio por ahí, poco falta para que lo ahuyentemos con una piedra, como a un perro. Son siglos de vivir ese desprecio por parte de blancos y mestizos que los lleva a esa actitud sumisa.
El primer occidental a avistar el Monte Roraima fue Sir Walter Raleigh en 1595. De su expedición salió el libro “Montaña de Cristal”. El primero a subir el Monte fue el botánico inglés Everard Im Thurn en 1884, por la senda que hoy conforma la vía normal. Arthur Conan Doyle, el escritor inglés más conocido como el autor de los cuentos de Sherlock Holmes, escribió un texto llamado “Mundo Perdido” inspirado en las crónicas de Im Thurn. Claro que Conan Doyle dio rienda suelta a su fantasía de escritor y hasta imaginó que los dinosaurios no se habían extinguido en las cimas de los tepuys. La altura máxima del Monte Roraima es 2875 metros y se alcanza en territorio venezolano. La altura máxima en Brasil es poco más de 2700 metros. El primer brasileño a subir fue el Mariscal Rondom, que a principios de siglo demarcó varias fronteras del Brasil, una especie de Perito Moreno brasileño. Todos estos ascensos fueron siempre por la vía normal, en el lado venezolano. Sólo en 1988, Makoto, un escalador brasileño consiguió subir por el flanco que da a Brasil. Hemos oído un rumor –salió en Internet- que los indios Macuxis, en el lado brasileño, conocerían una vía para ascender por ese lado, pero esto no está comprobado. No nos faltan ganas de investigar este punto y con Marcelo (el guía) ya comenzamos a darle vueltas a la idea. Hasta donde sabemos, seríamos los primeros en subir esa vía (porque como se sabe, los ascensos de los indios no entran en la historia escrita).

Martes 7 de marzo
Me levanté temprano y tuve la intención de tomar un baño en alguna de las múltiples lagunitas que rodean nuestro campamento. No pude hacerlo, pues todas ellas tenían fondo de barro y uno salía de ellas más sucio que lo que había entrado. Luego del desayuno y de la rigurosa sesión de fotos, partimos para el punto triple, donde se encuentran Guyana, Brasil y Venezuela. Este lugar está a unas cuatro horas de nuestro campamento. Me aseguré de dar una vuelta completa al monolito para tener certeza de haber pisado territorio de la Guyana, ya que es poco probable que algún día vuelva a ese país. El monolito en cuestión es una pirámide de tres caras y en los lados brasileño y venezolano cuenta con sendas placas identificatorias. No hay ninguna sin embargo en el lado guyanés. Y esto porque pese a que los guyanenses colocaron placa dos veces, los venezolanos las arrancaron otras tantas, como forma de no reconocer a Guyana soberanía sobre esa tierra, ya que Venezuela reclama toda la faja fronteriza como territorio propio (aproximadamente la mitad de lo que hoy es Guyana).
Después de almorzar, fuimos con Alessandra y luego con el grupo todo, a ver una agujero enorme, de unos veinte metros de diámetro, lleno de agua, en cuyo fondo hay cavernas inexploradas. Se trata de la naciente del Río Cotingo.
Esta fue la última visita del día y comenzamos el retorno al campamento. En el camino nos agarró una copiosa lluvia que nos dejó a todos empapados. Llegamos a las cuatro y media, nos cambiamos, nos secamos, preparamos té caliente y mientras se empezaba a poner a punto la cena, nacían también charlas y conversaciones que nos permitían conocernos un poco más los unos a los otros. Alessandra –que es separada- contaba que tiene una hija de ocho años. Los demás, son solteros y sin hijos. No hay duda que, cuando uno ha llegado a la mitad del camino de nuestra vida (como llamaba Dante Alighieri a los 33 años) y tiene hijos, el punto de vista del mundo en general muda bastante.
Cerramos la noche yendo a visitar el campamento de un grupo que conocimos en el paseo de la tarde. Esta formado por dos argentinos, un brasileño, una alemana y una francesa. Charlamos un rato largo sin luz alguna, ya que aquí esta prohibido encender fuego (si no lo estuviera, la escasa flora local desaparecería en pocas semanas).

Miércoles 8 de marzo
Hoy amaneció un día ideal para sacar fotos. No les he comentado aún que el grupo resultó muy aficionado a la fotografía. Marcelo (guía) tiene una Nikon FM1, Marcelo (periodista) una Nikon FM2, Alessandra una Nikon N50 y yo una Nikon N6000. El hecho que todas fueran Nikon nos permitió intercambiar lentes y accesorios. Alessandra llevó trípode, lo que todos agradecimos mucho.
Partimos a caminar como a las nueve. Paramos un largo rato en unos pozos muy bonitos donde varios tomamos un buen baño. Luego continuamos hasta el foso o barranco del lado que da a la Guyana. Lamentablemente estaba muy cerrado y no se veía nada abajo. Comenzó a llover. Yo había llevado mochila con impermeables para todos pero olvide el mío. Felizmente, Ricardo, uno de los guías locales encontró un refugio donde una piedra que sobresalía en forma de ménsula permitía quedar protegido de la lluvia. Allí permanecimos hasta que paró. Luego sacamos otra vez fotos y emprendimos el regreso. Pasamos por el Maverick, como se lo denomina –por la teórica similitud de su forma con el famoso auto- a un promontorio de unos treinta metros de altura y donde está el punto más alto del Monte. Llegamos al campamento justo cuando se largó una fuerte lluvia que mayormente conseguimos evitar. Fue un día liviano, desde el punto de vista de exigencia física, no más de dos horas y media de caminata.
La zona del Monte Roraima es una de las más antiguas del planeta, o sea, de las que adquirió hace más tiempo sus características actuales. Los tepuys se formaron como consecuencia de las tensiones en las placas continentales que aparecieron cuando América se separó de África. Esto ocurrió hace varios millones de anos. En tanto tiempo, el viento y la lluvia han tenido tiempo de desgastar profundamente la roca sedimentaria y por eso en la cima del Roraima pueden verse –con un poco de imaginación- piedras con forma de todo tipo de animal o persona. Esto, y la escasa vegetación que consigue crecer en un paisaje pobre en tierra y rico en piedra y agua, le da al entorno un aspecto lunar o algo así.
Yo pensaba antes de subir, que la cima del Roraima era como un balcón proyectado hacia la selva, y que desde el vería un inmenso manto verde del que saldrían aquí o allá, pájaros de todo tipo para ir a desaparecer sumergiéndose en otro rincón de la selva. Con la altura que tiene el Roraima, para distinguir un pájaro allá abajo, el susodicho debería ser del tamaño del Concorde, más o menos. El Roraima limita con la selva tanto en el lado Guyana como en el de Brasil, pero en el lado venezolano toca con la Gran Sabana. O sea, el macizo separa selva de sabana.

Jueves 9 de marzo
Hoy es día de descenso. Nos levantamos a las seis para terminar saliendo a las ocho, luego de desayunar, desarmar las carpas y preparar las mochilas. No había una nube en la base del Monte y podía distinguirse la selva con claridad. Pusimos una hora y media hasta la base de la pared vertical, y luego otra hora y media, por terreno más ondulado ahora, hasta el Río Cuquenán, donde está la casa de Randolfo y donde habíamos acampado en el ascenso. Randolfo nos convidó con un vaso de cachere, una bebida alcohólica que su familia misma prepara y que se produce mediante la fermentación de yuca (batata dulce) y papa.
Tomé un baño con jabón –de glicerina, por motivos ecológicos- en el río, el primer baño en serio desde el comienzo de la expedición. Armamos nuestras carpas en las proximidades de la casa de Randolfo, lo que nos dio la oportunidad de apreciar la vida cotidiana de su familia en detalle. Todos andan descalzos, con ropas “occidentales” viejas que probablemente les regaló alguna vez algún turista. Un niño de no más de un año y medio –aún caminaba con paso incierto- jugaba con un machete de cuarenta centímetros de hoja, pasándoselo por el cuello. Esto no parecía preocupar a la mujer adulta que estaba a su lado. Un adolescente de no más de once años entra con una vieja y primitiva carabina que Randolfo usa para cazar venados y otros animales. Charlé un rato con Randolfo. Me contó que cuando no está guiando turistas, cuida su huerta –de subsistencia- en la aldea. Dice que lo único que precisa adquirir del mundo exterior es carne, la que compra en Brasil porque es más barata. Aparte de eso, una pala, un hacha, una ropa de tanto en tanto es todo lo que necesita del resto del mundo.
Los tres hijos mayorcitos de Rondolfo –adolescentes todos- salieron a ultima hora de la tarde a pescar con cañas y lombrices. Doy una lenta vuelta alrededor de la casa. En el piso de tierra seca y apisonada hay un hacha, una pala sin mango, un colador para pescar (de no más de 12 centímetros de diámetro en su boca, se imaginan la habilidad que se requiere para pescar con ese instrumento), leña, algunos potes de metal, madera y plástico.
Se va la última luz, la familia enciende el fuego y se junta a su alrededor. Otro tanto hacemos nosotros en torno a nuestra cocinilla. Dos mundos diferentes que se tocan sin entrar en comunicación franca.
Tres perros rodean la escena, los tres terriblemente flacos. La casa es una única habitación de adobe y palo, con pocas ventanas que están tapiadas, con ninguna otra luz que no sea una vela. Allí duermen todos. La vida que transcurrió alrededor de la fogata, los rostros ocasionalmente iluminados por la luz rojiza del fuego, daban para varias estupendas fotos. No me dio el coraje para sacar ninguna, sin embargo. Yo me inhibo mucho al fotografiar personas que no tienen familiaridad con cámaras. Felizmente Marcelo (guía) sí sacó fotos, le pediré copias. Protegidos de la lluvia por la galería de la casa de Randolfo, charlamos de mil cosas, de las aventuras de Shackleton, de Scott, de Messner, de Admunsen. Me enteré con agradable sorpresa que Marcelo (periodista) conocía la obra de personas como Vargas Llosa, Kurosawa y García Márquez, lo que en estos tiempos mediáticos es cada día más una rareza.
Como ni Marcelo (guía) trajo papel higiénico para todos pensando que cada uno traería el suyo, y Marcelo (periodista) no trajo porque pensó que lo haría su tocayo, estos días compartimos lo que yo había traído. Hoy se acabó y ya tuve que hacer uso de hojas de este diario (felizmente, por ahora hojas en blanco).

Viernes 10 de marzo
Durante la noche llovió muchísimo y el río creció considerablemente. En medio de la madrugada, pasó como un rayo una tromba de agua por el río. No alcanzó a despertarme a mí pero sí a los demás. Cometimos un error importante: dejar el cruce del río para el día siguiente. Cuando uno llega a un río, si es posible cruzarlo, lo mejor es pasar al otro lado. Uno nunca sabe como estará al día siguiente.
Luego de muchos conciliábulos, de pensar y repensar la cosa, decidimos hacer un intento de atravesar. El primero en intentarlo fue Marcelo (guía) sin éxito. Luego intentó Randolfo, también sin suerte. Hubo que esperar. El río descendía lentamente –estimo que quince centímetros cada dos o tres horas- pero era evidente que aguardando más no se solucionaría el problema, es más, podría empeorar si volvía a llover. Y había nubes en la naciente del río. Yo me ofrecí para hacer un tercer intento pero Marcelo (guía) lógicamente decidió tomar sobre sus hombros esa responsabilidad. Habíamos conseguido dos tramos de cuerda que unidos llegaban a la mitad del río. El cauce tenía unos 25 metros de ancho y una corriente muy fuerte. Además, el fondo es de piedras redondeadas y cubiertas de musgo, lo que hace sumamente difícil asegurar el paso.
Esta vez Marcelo (guía) consiguió llegar a una pequeña isla donde aseguró la cuerda. El puente estaba tendido. Pasé yo primero y luego Marcelo (periodista). En ese momento yo quise atravesar la segunda mitad, que parecía más fácil que la primera, sin cuerda. Perdí pisada y estaba con mi mochila de quince kilos en la espalda. Felizmente, Marcelo (periodista) rápidamente manoteó mi mochila y consiguió retenerme. De no haberlo hecho, probablemente hubiera caído en una cascada que estaba no más de medio metro aguas abajo. Aún había una chance que era agarrarme al mosquetón que sujetaba la cuerda a la piedra donde estaba Marcelo, pero no es seguro que hubiera podido hacerlo. La caída era de poca altitud –otro medio metro- pero seguramente me hubiera hecho perder toda chance de recuperar el equilibrio. Lo que me hubiera podido pasar, caído, sin equilibrio, en el medio de un río caudaloso y con mochila en la espalda, felizmente podemos sólo imaginarlo. Tal vez no estaría escribiéndoles esta reseña.
En el movimiento rápido que debió hacer para agarrarme, Marcelo (periodista) perdió el mosquetón que usábamos para que cada uno que tenía que atravesar se amarrara con seguridad a la cuerda puente. Así que Alessandra y Claudia debieron llegar hasta la isla sin esa seguridad, la que fue suplida por Marcelo (guía) que las agarró firmemente de los pantalones mientras atravesaban.
A todo esto, mientras nosotros pasábamos por esto, unos metros más abajo Randolfo atravesaba el río, solo y sin cuerda ni seguridad de ningún tipo. Desde la isla repetimos el procedimiento hacia la otra orilla, –esta vez el que cruzó primero sin cuerda fue Ricardo, al que se le unió Randolfo que ya estaba del otro lado- y luego todos nosotros. Cruzamos con las botas puestas, por seguridad, así que todo el resto del camino lo hicimos con los pies empapados. Para encontrar un lugar apropiado para cruzar remontamos el río unos cien metros aguas arriba, tramo en el que, del otro lado, se le unía un afluente. En resumen, debimos luego también cruzar el afluente para retomar la senda, pero esto se hizo tranquilamente y sin cuerda. Diez minutos después, cruzamos el Río Tec (o Tek), último obstáculo y que tampoco presentó dificultad alguna. Desde allí, fueron dos horas y cuarenta y cinco minutos bajo un sol fortísimo y una temperatura de desecar lagartos, hasta la aldea de Paraitepuy. Allí le compré el guayare a Randolfo (su mochila de paja).
Una camioneta nos llevó a la posada del chileno, donde nos bañamos, comimos en gran forma y luego nos fuimos a disfrutar de un merecido descanso.

Sábado 11 de marzo
Me levanté a las seis de la mañana, como siempre, aunque hoy no había necesidad alguna. Vi las luces del pueblo de Santa Elena desaparecer con el sol y escuché los pájaros dar la bienvenida al nuevo día. En el desayuno compartimos esta vez la mesa con un señor amigo de Pablo. Unos pocos minutos de conversación fueron suficientes para percibir que se trataba de un hombre de vasta cultura. Era el director provincial de Salud y Acción Social, reportando directamente al Ministro de esa cartera. Había tenido varias entrevistas personales con Chávez, el ex teniente coronel y ex golpista, hoy presidente de los venezolanos. Como corresponde a un funcionario que ocupa tan alto puesto en el escalafón, era muy oficialista. Yo me cuidé muy bien de no manifestar que Chávez está muy lejos de ser santo de mi devoción, pero hice muchas preguntas para enterarme de la situación social, del nivel de analfabetismo, etc.
Volvimos a los cuartos, recogimos toda la ropa que habíamos desparramado para que se secara, y tomamos la camioneta a Santa Elena. Dimos cuenta de unas merecidas cervezas –las primeras en una semana– y volvimos a Boa Vista, a cinco horas de auto.
Descansamos a la vera de la piscina en el hotel de Boa Vista, hasta que se hizo la hora de cenar. Fuimos a comer pescado a un hermoso restaurante sobre el Río Branco. La temperatura estaba alta, pero no molestaba, más bien agradaba. Comimos Dorado –un pescado muy común en la provincias del litoral argentino- y Filhote, que no sé lo que sea. Sin exagerar, creo que fueron los dos pescados más sabrosos que probé en mi vida.
El avión salió a la una de la mañana. Marcelo (periodista) y yo vamos hasta San Pablo, los otros bajan en Brasilia donde hacen conexiones. La expedición ha llegado a su fin. El grupo resultó muy piola. Pensemos que éramos hace una semana cinco completos desconocidos, nadie conocía a nadie. Quien se anota para una experiencia como esta, sabe que deberá ser abierto, tolerante, mantener una dosis de humor y soportar molestias y fatigas. Nadie dejó de cumplir estos requisitos.
Ya en el avión, pienso que la semana que viene voy a estar abriendo una conferencia en un lujoso hotel céntrico de Londres y no puedo evitar recordar, no sin cierta satisfacción, aquellas palabras que Arthur Miller puso en boca de unos de sus personajes en Heredarás el Viento:
En mí se juntan el Ecuador y los polos, sin zonas tórridas intermedias.

Diario de un viaje a Bolivia (6-1999)


Los hombres no se hacen a partir de victorias fáciles, sino en base a grandes derrotas

Ernest Shackleton

Sábado 19 de junio
Llegamos a La Paz como a las diez de la noche, previa escala en Santa Cruz de la Sierra. Santa Cruz está en la llanura amazónica, por lo que es baja y caliente. La Paz está en el medio del altiplano, a 3650 metros sobre el nivel del mar (en adelante msnm) y, si no me fallan los recuerdos colegiales, es la capital de estado más alta del mundo. Lhasa, la capital del Tíbet –aunque no es un estado independiente- está a 3600 msnm también.
El aeropuerto de La Paz está aún más alto, a 4100 msnm. Más adelante les contaré un poco sobre la orografía y distribución urbana de La Paz, pero ahora déjenme ir a dormir, es medianoche y un poco estoy sintiendo la altitud al intentar algún esfuerzo. Hay menos tres grados centígrados de temperatura.

Domingo 20 de junio
La Paz es un lugar muy apreciado por montañistas argentinos, brasileños y uruguayos, por ser la única ciudad de la región donde es posible aclimatarse a una altitud decente, teniendo restaurantes, hoteles, en fin, comodidad. Esto no existe que yo sepa en Argentina y me parece que tampoco en Chile. Obvio que no en Brasil ni Uruguay. Muy cerca hay montañas de 5 a 6 mil msnm, a cuyas bases se accede en pocas horas de ómnibus desde La Paz.
Las más bellas y conocidas montañas que rodean La Paz son el Illimani (6400 msnm), el Huayna Potosí (6088 msnm) y la Cordillera Real, que tiene varios picos entre 5 y 6 mil msnm. En esa Cordillera está ubicado el Parque Nacional Condoriri, donde iremos a acampar con el grupo. El parque toma el nombre de la represa que hay en la zona, que genera un lago artificial para abastecimiento de agua potable para la ciudad de La Paz.
Bueno, hora de introducirles a mis compañeros de ruta:
Dalio (32) guía de montaña brasileño, muy experiente, fue miembro del equipo de Mozart Catão, el montañista brasileño más importante, fallecido en febrero de 1998 en la pared sur del Aconcagua, como consecuencia de una avalancha. La pared sur del Centinela de Piedra –pues eso quiere decir Aconcagua en quechua- es sumamente difícil. Dalio le dijo a Mozart que no le parecía que los otros miembros del grupo con los que Mozart iba a subir tuvieran la experiencia necesaria y pidió quedarse en base. Uno de los dos que subieron con Mozart, de nombre Othon, quedó colgado en medio de una pared vertical a 6500 msnm sin posibilidad de rescate alguna (a esa altitud, el helicóptero de rescate difícilmente puede volar, pues la sustentación de las alas en el aire enrarecido es insuficiente, además, al estar en una pared vertical, no tiene como acercarse ni posar). Para empeorar las cosas, Othon tenía una pierna rota y una de las dos cuerdas que lo sostenía enrollada en esa pierna. El procedimiento dice que tenía que cortar esa cuerda para liberar la pierna. Othon lo intentó pero con el frío y el cansancio se le cayó la navaja. Dalio estaba en la base hablando con él por radio, dándole ánimo y viendo que con las horas su compañero se iba aletargando, hablando menos y más lento, muriéndose de congelamiento en suma. A cuatro horas del accidente cesó de responder. Sus últimas palabras fueron, según Dalio, “Bebam um vinho a minha saúde”. No se recuperó el cuerpo, en parte porque ese fue su deseo, permanecer en la montaña, y en parte porque era desperdiciar mucho dinero y arriesgar más vidas. Estará allí hasta que se corte la cuerda.
Mozart era una especie de Ayrton Senna del montañismo. Su muerte no tuvo tanta repercusión como la del piloto de fórmula uno, pero de cualquier modo produjo gran impacto. Fueron los días en que yo llegaba a Brasil. Al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento, un canal de televisión organizó un emotivo homenaje: colocaron simultáneamente un montañista en cada uno de los picos de la Serra dos Orgãos y lo filmaron desde un avión. La Serra dos Orgãos es la que yo anduve durante cuatro días hace algunos meses. Esta sierra está cerca de Río de Janeiro, más exactamente entre Petrópolis y Teresópolis y fue la sierra donde Mozart creció y aprendió a escalar. Era nativo de Teresópolis.
Mozart era muy capaz pero como en todos los accidentes de este tipo, parece haber cometido errores:
La temperatura había cambiado bastante de un día para el otro. Esto habitualmente presagia avalanchas. El síntoma no fue atendido.
En el afán de documentar, filmar, etc., para cumplir con los requisitos del patrocinador (Petrobras) y la prensa, cargaron dos cámaras de video, una normal y otra digital. Para compensar peso, llevaron una cantidad de comida demasiado justa, sólo para un día de más, sin prever que podían quedar parados en la montaña más tiempo que eso.
El más importante: subestimar la montaña. Dalio dice que antes de subir se sentían como si ya hubieran bajado. “Está feita” (está hecha) era la actitud que tenían.
Andrea: (28) Médica ortopedista, bajita, pero muy firme en lo que tiene que ver con personalidad y muy resistente de físico. Típica mujer decidida e independiente de los tiempos modernos.
Marcio: (32) Amigo de Andrea –aparentemente sólo eso a juzgar por sus palabras y la ausencia de otras manifestaciones de afecto, algo más que eso a juzgar porque comparten la carpa. Ex vice campeón brasileño de canotaje. Junto con Andrea ha escalado el Mont Blanc (4807 msnm) en Francia, el Matterhorn en Suiza y otros picos menores.
Marcos: (32) Maratonista, compite a nivel nacional en triatlón, 1.92 metros de altura (¡casi digo altitud!), 92 kilos, entrena entre dos y tres horas todos los días. Corrió la reciente maratón de San Pablo (42,195 kilómetros, como todas las maratones) con mochila, ¡para entrenarse!
Denis: (18) No estudia ni trabaja, el padre debe estar en posición económica muy desahogada pues antes de este viaje, le regaló un equipo de profesional para la práctica de montañismo. Dedica al día a entrenar, a escalar en roca –porque en hielo en Brasil no hay donde practicar- y a desarrollar musculatura.
Como ven, otra vez Berni se metió en camisa de once varas, entre gentes que tienen lo mínimo nueve años menos y claramente mejor preparación física y técnica. Porque la montaña es esas dos cosas, resistencia física y conocimiento técnico. Sin uno de esos elementos, fuiste.
La suerte nos ayudó, porque hoy domingo es la víspera del año nuevo aymará, por lo que en el centro de la ciudad se desarrolló un gran desfile con representaciones de todas las provincias y regiones de Bolivia, cada una con sus trajes y danzas típicas. Fue muy lindo y pintoresco. Mañana al amanecer (más o menos a las siete) se celebra el Wilka Kuti o comienzo del año nuevo aymará en las ruinas de Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca. Es obvio que allí estaremos para narrarles los acontecimientos.

Lunes 21 de junio
Nos levantamos a las tres de la mañana y salimos en un ómnibus rumbo a las ruinas, donde llegamos como a las seis. Hacía un frío horroroso, calculamos que entre menos ocho y menos diez grados centígrados. Había millares de personas, no sólo todos los turistas que en estos días están en La Paz sino también muchísimos locales, que eran claramente la mayoría. Al momento de salir el primer rayo del sol del primer día del año, la tradición impone recibir su luz en las palmas de las manos, por lo que al igual que muchos, me saqué los guantes y levanté las manos, abiertas como la punta del ala de un cóndor, hacia el sol. Esto es augurio de buena suerte para el año que empieza, según la cultura aymará.
Fue una sensación rara volver a Tiahuanaco, donde estuve hace veintiún años. Luego de un reparador desayuno, fuimos a recorrer las ruinas guiados por el muchacho que nos había llevado a presenciar la ceremonia, que resultó muy simpático y conocedor de la historia de su pueblo.
Tiahuanaco es un centro de ruinas a veinte kilómetros del lago Titicaca. Fue centro religioso de una civilización, la aymará, cuyos descendientes hoy viven en esta región, sur de Perú, norte de Chile y Argentina.
Aparentemente, debido a la falta de basura y de ruinas de casas, el lugar era un centro religioso y no una ciudad. A juzgar por la diversidad de estilos y formas arquitectónicas, lo fue durante muchos siglos. Tihauanaco fue conquistada por los incas antes de la llegada de los españoles. Cuando estos últimos entraron en la región, Tihauanaco ya estaba en ruinas. El lugar sufrió al menos cuatro devastaciones, la primera causada por la invasión inca, la segunda por los españoles, la tercera por los propios aymarás contemporáneos que la utilizaron como cantera para levantar las casas y la iglesia del pueblo moderno homónimo con el centro ritual y la cuarta y última por los arqueólogos del primer mundo que fueron los primeros en estudiar el lugar y se llevaron todo lo que pudieron.
Todos los historiadores coinciden que debe haber habido alguna influencia externa para que en tan pocos años, los aymarás pudieran desarrollar una arquitectura tan sofisticada. Esto, sumado a esculturas de hombres con barbas –los pueblos americanos son todos lampiños- y otras con rasgos claramente negroides, han hecho suponer a algunos delirantes –entre ellos una película de los años setenta cuyo nombre no recuerdo- que hubo influencia de extraterrestres o de viajeros de otros continentes (estamos hablando de al menos 500 años antes de Colón). Es más probable que esa influencia haya provenido de Chavín de Huantar, una cultura preincaica del norte de Perú que estaba muy desarrollada. (sus ruinas, muy bien conservadas, pueden visitarse al día de hoy). Cómo se estableció ese contacto, cuando y de que manera, son parte de las cosas que probablemente nunca sepamos.
La cultura de Tiahaunaco no parece haber desarrollado nunca un imperio, en el sentido inca o azteca de la palabra. Si bien su influencia –en arquitectura, cerámica y religión- se esparció por el área del lago, parece haber sido más por la superioridad misma de esa cultura que por conquista militar. Los historiadores sacan esta conclusión del hecho que en los lugares donde se observa influencia de Tihauanaco, esta nunca es total, se percibe en un aspecto o en otro. De haber habido dominación, la copia del modelo hubiera sido más integral.
Tihauanaco está construida en piedra en un cien por ciento, porque como dije en algún momento, en el altiplano no hay árboles. La cantera más cercana está a cinco kilómetros. La famosa Puerta del Sol está construida en una pieza y pesa unas diez toneladas. ¿Cómo transportaban semejantes pesos? No lo sabemos.
El Tiahuanaco antiguo, su primer período, data del siglo XIV antes de Cristo, y su fin ocurre aproximadamente en el siglo XIII de nuestra era, lo que implica que duró más que el Imperio Romano. Lecturas recomendadas para profundizar: “Tiwanacu: espacio, tiempo y cultura” y “La cultura nativa en Bolivia”, ambos del arqueólogo boliviano Carlos Ponce Sangines. Tiwanacu es otra grafía válida para Tihauanaco, ninguna es más correcta que la otra.
En el camino de retorno a la ciudad, se divisaban muy claramente todos los picos de la Cordillera Real, donde iremos en pocos días más.
La Paz tiene 1.8 millones de habitantes y está en el fondo de un valle. La ciudad se ha extendido ladera arriba alcanzando el tope y extendiéndose más allá. Estimo que la mitad de la población vive en esa zona, llamada El Alto (4100 msnm), pobrísima, sin interés turístico alguno, una masa de casas pobres, informes, incoloras. Toda esa parte de la ciudad, adolece del mismo problema que el altiplano todo: la falta de árboles, diría sin exagerar que todos los árboles que hay en el altiplano –muchos miles de kilómetros cuadrados- no pasan de algunos pocos centenares. Son extensiones enormes sin un solo árbol, puro pasto ralo, seco, escaso.
Los barrios ricos de La Paz están al sur, en la parte más baja (unos 3300 msnm), por lo que, como se puede concluir, dentro de la misma ciudad hay diferencias de altitud de 800 metros aproximadamente. El hoyo donde está la ciudad no es el cráter de un volcán extinto como creen algunos.
Asombra el tamaño del comercio ambulante, informal, callejero, en La Paz. Algo así como el noventa y cinco por ciento de la economía boliviana no paga impuestos. Hay mujeres –las conocidas cholas- en todas partes, ocupando no sólo las aceras sino en muchas ocasiones también las calles. Hay zonas con mercados de comida –que tanto me recordaron los mercados centroamericanos-, otras con artesanías para turistas, otras con ropa de estilo occidental, para los locales. También es muy frecuente encontrar señoras vendiendo comida en la misma calle, preparada en ollas de formas e higiene dudosas. Mucha gente se alimenta así, al paso. Eso hacía yo en mi visita anterior, en 1978, ya que no tenía presupuesto ni para el restaurante más modesto.
El día terminó muy mal. Al momento de pagar el hotel, Dalio, el guía, se enteró que la mayoría de los tres mil dólares –dos mil seiscientos- que tenía para pagar a la compañía local el costo del campamento, guías, porteadores, cocinero, etc., eran falsos. Lo increíble es que ese dinero viene de cuatro fuentes distintas –una parte pagado por mí en San Pablo- por lo que no es lógico pensar que cuatro fuentes resultan falsas al mismo tiempo. Sospechamos que en la pensión le metieron el cambiazo. Como el dueño es policía retirado, estamos jodidos.
Esto no fue toda la mala suerte. Marcio olvidó embarcar en San Pablo una maleta con todo su equipo de montaña (hay de todo en las viñas del señor). La familia se la está mandando como exportación, no sabemos cuando llegará. Por este motivo, tuvimos que quedarnos un día más de lo previsto en La Paz. Intentamos mirarle el lado bueno, es un día más par aclimatarse, lo que no es malo.

Martes 22 de junio.
Obligados a pasar el día en La Paz, por el asunto de la valija, salimos a hacer caminata de aclimatación. Fuimos primero al punto más bajo de la ciudad, al barrio paquete, y desde allí remontamos hasta El Alto, la parte más alta. El contraste de barrios que atravesamos es increíble. El Alto es una enorme villa miseria. Sin embargo, y pese a que parábamos a sacar fotos con cámaras caras, nada nos ocurrió, ni un asalto ni una amenaza. Con los brasileños decíamos que de haber sido San Pablo, ni se nos hubiera ocurrido pasar por esos barrios.
Al volver, enganchamos una manifestación –huelga de maestros, me recordaba mi adolescencia oriental- frente a la Iglesia de San Francisco. Carteles rojos con letras amarillas, pasacalles con dibujos de engranajes y puños cerrados, paredes con consignas que incluyen abundantemente palabras como “traidores”, “campesinado”, “compañeros”, “pueblo”, “obreros”, “liberación”, “Che”, muestran que hasta en su manera de hacer política, Bolivia vive al menos treinta años atrás del mundo.

Miércoles 23 de junio
Marcio y yo pasamos dos horas, de nueve a once, en el aeropuerto para retirar la valija. De no creer. Kafkiano es poco. El genial autor checo se hacía una fiesta si hubiera estado con nosotros. Firmamos no menos de veinte formularios, de todos los tamaños y colores, -nos quedaron copias de ocho de ellos-, muchos con varias copias con carbónicos. Fuimos a no menos de ocho oficinas, a algunas de ellas cuatro veces, en varias obteníamos respuestas como “aún no empezamos a trabajar” o “el jefe está en pista vuelve ahorita”, cuando es ahorita, “ahhh, una media hora”. “Pague cinco bolivianos aquí, 63.5 allá, traiga el recibo, la señora que se ocupa aún no llegó, vuelva más tarde”. Obvio que tuve que dar unos verdes por izquierda porque si no, además de todo lo que conté, ¡pretendían que volviera a pagar una tasa al centro de La Paz! Sin mí, que chamuyo fluidamente el idioma de Cervantes y sé cuando, cuanto y a quién dar un óbolo para aceitar un trámite –años de vivir en Latinoamérica, amigos-, Marcio todavía estaría buscando su valija.
A las once y media nos pasó a buscar el vehículo que nos llevaría al parque. La camioneta resultó demasiado pequeña para nosotros seis, el guía de montaña local –Thibault-, el guía auxiliar –Edwin- y el cocinero –Martín- por lo que dos de ellos tuvieron que ir en ómnibus y moto. En dos horas y media llegamos a un punto determinado, en el medio de la nada, donde la camioneta descargó el equipaje -y a nosotros-. Desde allí, el equipaje siguió camino a lomo de llama y nosotros a pie –hora y media-, hasta el campamento base (4650 msnm), en un valle a orillas de una laguna de montaña (Laguna Chiarkhota), encerrada entre gran cantidad de picos nevados. Martín nos preparó un rico plato sobre la base de verduras y frutas.
Thibault es un muchacho de 25 años, hijo de francés y boliviana, que habla perfecto francés –vivió en París la mitad de su vida- y correctísimo ingles. Edwin tiene 43 años, también es boliviano pero trabajo como albañil en Washington muchos años, por lo que también habla inglés.

Jueves 24 de junio
La noche anterior al aniversario del ingreso a la inmortalidad del Zorzal Criollo dormí bastante bien, pese a que mi compañero de cuarto ronca bastante. Desayunamos copiosamente. La expedición tiene carpa cocina, donde trabaja y duerme Martín, el cocinero, y carpa comedor, donde pasamos la mayor parte del tiempo, especialmente las noches ya que afuera hace mucho frío.
Partimos luego del desayuno para una hora y media de caminata hasta la base de un glaciar donde hicimos distintos tipos de ejercicios para aprender técnicas importantes en montaña, desde confección de nudos hasta caída en hielo y su detención.
A la cena comimos brochete de carne de llama –ya la habíamos probado en La Paz-. Es una carne exquisita, tal vez la más sabrosa y tierna que yo haya probado. Y como si esto fuera poco, dicen que no tiene colesterol alguno.
En el valle donde estamos hay gran cantidad de llamas y varias alpacas. No hay vicuñas ni guanacos.

Viernes 25 de junio
Salimos a las ocho de la mañana rumbo al mismo glaciar de ayer, pero esta vez ascendimos glaciar arriba bastante más que ayer. Otra vez hicimos ejercicios técnicos –rapel, rescate de personas caídas en grietas, etc.-. Volvimos a las tres y media de la tarde porque una tormenta amenazante surgió de repente, y de hecho nevó un poco durante el retorno. Yo llegué al campamento base muy cansado, hubo un tramo de subida en nieve muy blanda –uno se enterraba hasta la rodilla en cada paso- que me dejó exhausto. Alcanzamos los 4900 msnm. Las quince montañas de este parque van de 5270 a 5720 msnm.
El mal de montaña o trastornos psicofísicos debidos a la altitud, se denomina en lengua aymará soroche. Tiene distinto tipo de manifestaciones, comienza con un dolor de cabeza –lo único que yo sentí, y no por mucho más de media hora-, nauseas, vómitos, pérdida de apetito y de la voluntad de charlar y socializar. Esto en una primera etapa, en casos más graves puede llegar a producirse edema pulmonar o cerebral –aparición de líquido en uno de esos órganos-. Esto ya es muy serio e implica descenso inmediato. No hacerlo, puede causar la muerte. No se sabe mucho sobre el soroche, ya sea porque es una enfermedad compleja o porque los potenciales consumidores de los remedios –los montañistas- son pocos y no justifican la inversión millonaria en investigación y desarrollo que se requeriría por parte de los laboratorios. Los extremadamente sensibles sienten sus efectos a partir de 2000 msnm, pero digamos que en realidad comienza a partir de los 3500. No es posible saber cuando ni a quien le afectará. Se ha dado que montañistas experientes, un día, vaya a saber por qué, sufren de soroche cuando nunca antes lo padecieron mientras que clientes primerizos se encuentran en buen estado. Dos cosas, sin embargo, se saben a ciencia cierta: que permanecer varios días o inclusive semanas acostumbrando el cuerpo –proceso conocido como aclimatación- ayuda mucho y es imprescindible. Lo otro probado es que el cuerpo tiene memoria, o sea, quien ha estado muchas veces a alturas elevadas, es probable que tenga menos problemas que quién nunca ha subido, porque de alguna manera que no se conoce en detalle, el cuerpo recuerda haber estado antes en altitud.
A partir de los 5500 msnm el cuerpo no se recupera aún descansando, aún durmiendo. Mientras se vive a más de 5500 metros, uno está consumiendo siempre masa muscular, aunque esté reposando. A partir de los 8000 msnm –altitud que sólo se da en catorce picos del Himalaya-, no sólo se enfatizan las condiciones antes mencionadas sino que se pierde el buen juicio, pudiendo el enfermo correr riesgos innecesarios por no ser capaz de evaluar correctamente las consecuencias. Toda permanencia innecesaria a más de ocho mil metros, es llamar a la desgracia.
Felizmente, como decía, yo no he sufrido de soroche. Particularmente no de falta de apetito, sigo comiendo como lima nueva, hasta los restos que dejan los demás.
Para que se hagan una idea del frío que hace en el campamento base, el agua de la cantimplora amanece parcialmente congelada –mezcla de agua y hielo- pese a que la dejo entre ropas, dentro de la mochila y esta obviamente dentro de la carpa.
Del equipo no puedo quejarme, es casi perfecto. -hay algunas cosas menores que debo mejorar-. La inversión que hice en New York rindió sus frutos. Nada que ver con el equipo tercermundista con el que contaba cuando subí el Lanín.

Sábado 26 de junio
Según el plan, hoy es día de escalada, al igual que mañana. Yo no me sentí en condiciones de encarar dos picos dos días seguidos así que avisé que me quedaría en el campamento base. Marcio y Marcos hicieron lo mismo, Marcio está con soroche y Marcos, pese a su notable estado físico –recuerden que les dije que es maratonista- tiene dolor en un músculo que se contracturó hace seis meses. Sólo salieron con los guías, Denis y Andrea.
Pasamos el día con Marcos y Marcio charlando, haciendo caminatas suaves alrededor de la laguna, sacando fotos y viendo a los gorriones comerse las migas de nuestras comidas.
Aproveché también para terminar el libro de Reinhold Messner –un montañista italiano hoy con 55 años, probablemente el más grande montañista vivo y uno de los mayores de todos los tiempos-. En el libro relata su ascensión al Everest en 1980 –su segunda ascensión- en solitario y sin oxígeno artificial. Messner es un monstruo sagrado del montañismo, lástima que escriba tan mal.
Andrea y Denis felizmente hicieron cumbre –en la Pirámide Blanca- y volvieron al campamento base cerca de las tres de la tarde.

Domingo 27 de junio
Como dije ayer, el aniversario del golpe militar uruguayo era día de cumbre también. Esta vez salimos Marcos, Denis y yo. Marcio sigue con soroche y Andrea, su amiga se quedó a cuidarlo. Ella está cansada y con gripe leve, recuerden que ayer hizo cumbre.
No habían pasado tres cuartos de hora cuando Marcos debió dar marcha atrás, aquejado por su músculo que no se recuperó pese al día de reposo que hicimos ayer. Yo había dormido bastante mal, en parte por los ronquidos de mi compañero, en parte porque se levanta demasiadas veces por noche a ir al baño –dos-, y cada vez implica cinco minutos para abrigarse y otros cinco al retorno para quitarse la ropa de abrigo.
Con la deserción de Marcos, quedábamos Denis –¡que hoy cumple 19 años!- y yo, además de los tres guías. Aguanté todo lo que pude, pero no pude hacer cumbre. Llegué, estimo, a los 5250 msnm y la cumbre del Ilusión –que así se llamaba nuestra montaña destino- tiene sólo 5350, pero no pude más y decidí volver, antes que no me quedaran fuerzas para retornar. Porque siempre hay que tener presente que subir es la mitad de la historia, además hay que bajar y hacerlo sano y salvo. La montaña que subieron ayer es un poco más baja, tal vez, si hubiera salido ayer en vez de hoy... Pero ya es tarde para estos pensamientos.
Al bajar con Edwin, la nevada liviana nos hizo perder el camino que habíamos tomado para subir, por lo que deambulamos un rato glaciar abajo por camino nuevo. Esto es peligroso porque uno puede caer en una grieta. Edwin iba muy atento y los dos teníamos las cuerdas y el equipo necesario para asegurarnos el uno al otro. Claro que yo no garantizo que con apenas dos días de instrucción podría rescatar a Edwin si era él el que caía. Edwin era totalmente consciente de esta situación.
Llegue al campamento base completamente extenuado. El programa incluye una tercera montaña –a la que se accede desde otro campamento base, hay que ir en vehículo-, llamada Huayna Potosí (6088 msnm). Yo he decidido abrirme del Huayna. Es evidente que si no pude con el Ilusión, mis chances en el Huayna son sólo teóricas. Y en San Pablo tengo una reunión internacional de todos los gerentes de Philip Morris, a la que llegaría tarde si voy al Huayna. Esto tendría para mi un costo político que estoy dispuesto a pagar por subir el Huayna Potosí, pero no por quedarme a mitad de camino.
¿Que si me siento frustrado por irme de Bolivia sin haber alcanzado una sola cumbre?
Sí y no. Sí me siento frustrado porque mi objetivo personal era, de máxima, alcanzar dos cumbres y de mínima llegar a una, para eso compré equipo en Nueva York, para eso me entrené durante cuatro meses. No me siento frustrado porque aprendí muchas cosas, acampé una semana a 4600 msnm y llegué dos veces a 5300 metros sin sufrir enfermedad, pérdida de apetito, dolor de cabeza ni síntoma alguno de soroche. No me siento frustrado porque competí con un grupo muy joven y muy entrenado, un grupo de elite ciertamente. No me siento mal, porque pese a todo vine, la peleé, puse todo mi endurance en el intento. Perdí, pero eso es parte del juego de probabilidades, una consecuencia siempre posible de poner el equipo en la cancha. Pero no por ese riesgo, permanecemos en los vestuarios.

Lunes 28 de junio
Durante la noche hizo un viento horroroso, que empezó a las 19 de ayer. Fue difícil dormir sin interrupciones. Por momentos parecía que las carpas no aguantarían. Al levantarnos, hacía mucho frío, tanto que el agua de la canilla del campamento –que trae canalizada agua del deshielo en la montaña- se había congelado –esto pasa constantemente- y la que no se había congelado caía de la canilla no verticalmente sino horizontalmente, movida de su trayectoria natural por el fortísimo viento. Calculamos que las ráfagas alcanzaron unos ochenta kilómetros por hora.
Desayunamos –el cocinero hizo uruguayísimas tortas fritas, que aquí llaman buñuelos-, desarmamos las carpas preparando las bolsas para ser cargadas por las llamas y salimos a caminar por poco más de una hora hasta el lugar de encuentro con las llamas que traían el equipo del campamento base y el vehículo que venía de La Paz. Felizmente esta vez fue un minibus y cupimos todos dentro cómodamente. Ya en este lugar la temperatura era muchísimo más agradable y pudimos sacarnos mucha ropa.
El viaje al refugio del Huayna Potosí desde el Parque Condoriri toma unas tres o cuatro horas y pasa por los suburbios altos de la ciudad de La Paz, de los que ya les he hablado algo. Son manzanas y manzanas de enorme pobreza, cuadras enteras de casas de ladrillo o adobe sin revoque y mucho menos pintura. Calles de polvo y tierra. Rostros desgastados por el fuerte sol del altiplano. O por el viento. O por las dos cosas. Mujeres a las que es difícil asignarle una edad, difícil decir si son hermanitas o madres del niño que llevan de la mano. Una funeraria exhibe en su vidriera dos ataúdes para niños, lo que es muestra muy clara de la alta tasa de mortalidad infantil que debe imperar en esta región. Lamentablemente, poco ha cambiado desde la otra vez que estuve en Bolivia hace veintiún años. La pobreza es esencialmente la misma. En La Paz, andando tarde en la noche se ven cholas que mantienen sus puestos ambulantes en el intento de vender alguna cosa más. Como no tienen con quien dejar sus hijos, los cargan a sus espaldas envueltos en un textil. Niños que deberían estar a esas horas en su casa, abrigados, en una cuna. Cuando uno ve tanta miseria como yo he visto en esta nuestra América Latina, de Tijuana a la Patagonia, uno entiende aunque no justifique, que algunos, hace algunos años, se hayan cansado de tanta podredumbre y pretendido cambiarlo todo de la noche a la mañana. Lástima que nada es tan simple y nada cambió ese sacrificio las vidas de estas gentes. Sólo sirvió para arruinar la de los sacrificados.
Dejamos a los guías y a Denis y Andrea en el refugio del Huayna Potosí, a 4800 msnm. Hacía bastante frío. Marcos, Marcio y yo seguimos con el ómnibus hacia La Paz. Dicen que en el campamento intermedio hacia la cumbre del Huayna (algo más de 5 mil msnm) ayer hizo tanto viento que despedazó seis de ocho carpas que allí había. Tuvieron que meterse todos en las dos carpas que se salvaron. Ojalá nuestros amigos tengan mejor suerte. Andrea se quedó en el refugio pero ya dijo que no intentará subir. Sólo nos queda Denis, que sí hará el intento de alcanzar la cumbre con los tres guías. El refugio supuestamente tenía camas y agua caliente. Pues no tiene ni lo uno ni lo otro.
Volvimos al centro de La Paz, descargamos el equipaje en la hostería, nos bañamos y salimos a comer, luego de haber retirado de debajo de las uñas, el medio kilo de tierra de la montaña que cada uno de nosotros tenía. Tomé una cerveza bien helada, pues cualquiera haya sido mi desempeño en este viaje me la tengo merecida.

Pico da Bandeira, Brasil (4-1999)


El viernes a la noche salí en avión a Belo Horizonte con un amigo paulista. Allí nos reunimos con un grupo con el cual partimos en ómnibus al Parque Nacional Caparão, en al frontera entre los estados de Minas Gerais y Espirito Santo. Nuestro objetivo era subir el Pico da Bandeira.
Llegamos al hotel a las cinco y media de la mañana y descansamos hasta las ocho, hora en que tomamos desayuno. Partimos luego para una caminata de calentamiento hasta el mediodía y la tarde la dedicamos a dormir, ya que a las 8 de la noche comenzamos el ascenso. Son 18 kilómetros en horizontal (de ida, y otros tantos de vuelta), con un desnivel de 2 mil metros, que no es poca cosa para un día. Volvimos al mediodía del día siguiente, o sea caminamos toda la noche, 16 horas seguidas.
El Pico da Bandeira fue tenido por el más alto de Brasil (2894 msnm, base a 894 msnm), hasta la década del 60, en que se descubrió que dos montañas que están en el estado de Roraima, frontera con Venezuela, eran un poco más altas. Debe su nombre a que el emperador Pedro II ordenó una vez colocar allí una bandera de Brasil.
La primera mitad de la subida la hice acompañado sólo de un amigo, ya que los demás prefirieron hacerla en jeep, pues da para eso. Era plena noche de luna llena. Mi amigo me explicó la razón de ser de la canción Lua de São Jorge, de Caetano. La misma hace referencia a la luna llena, en la cual, supuestamente, puede verse la silueta de San Jorge atacando al dragón. Yo no conseguí realmente ver nada hasta que hubo salido el sol –la luna demoró aún un rato largo en desaparecer-, recién entonces conseguí percibir vagamente la silueta del santo.
Llegamos a la cumbre, tal como era el plan, una hora antes del amanecer, precisamente para presenciarlo desde allí. Había algo así como 150 personas en la cumbre esperando ver el sol nacer. El espectáculo fue muy hermoso, entre otras cosas porque durante un buen rato se podía seguir viendo la luna llena –que a su vez hizo mucho más fácil la caminata nocturna hasta la cima-. Además del pico, visitamos una cascada de 100 metros donde nos refrescamos debidamente.
Almorzamos en el hotel, nos bañamos y retornamos en ómnibus a Belo Horizonte, desde donde tomamos otro transporte a San Pablo. Llegamos a esa ciudad a las ocho de la mañana del lunes, de ahí a casa, baño, cambio de ropas y al escritorio.
Inmediatamente me puse a pensar, claro, en cuando y a donde será la próxima caminata.

Volcán Lanín, Patagonia argentina (4-1999)



El viaje comenzó el miércoles de Semana Santa. Salí de casa a las cinco y media de la mañana, un taxi me llevó a Guarulhos, el aeropuerto internacional de San Pablo y un avión a Ezeiza, el ídem de Buenos Aires. Un micro me trasladó a Aeroparque, el aeropuerto de cabotaje desde donde tomé un avión a Neuquén, en el sur argentino. En Aeroparque encontré a Félix Luna, creo que fui el único que se acercó a pedirle un autógrafo. Como no tenía a mano ningún libro de su autoría, me firmó una foto del diario de bombardeos en Kosovo. Historia es, sin duda.
En Neuquén me fue a buscar al aeropuerto Alberto de Urieta, el hombre de Philip Morris en esa región del país, quien luego de convidarme con un café en las oficinas, me llevó a la terminal de ómnibus donde tomé una camioneta a San Martín de los Andes. El pasaje terrestre, así como el hotel en San Martín me lo había reservado Alberto, sin cuya gestión este ascenso al volcán nunca hubiera tenido lugar.
La camioneta salió una hora y media tarde, porque habían vendido cuatro pasajes más que la capacidad del vehículo. Llegué a San Martín a las dos y media de la mañana del jueves, dormí en el Hotel Caupolicán y a las 11 de la mañana estaba en la puerta de la Dirección de Turismo, lugar y hora donde habíamos quedado en encontrarnos con el grupo.
Cabe aclarar a esta altura que el grupo con el que estaba por compartir la aventura lo conocí por Internet, no habiendo visto personalmente nunca antes a ninguno de ellos. Detallemos un poco las características del grupo: en total éramos seis, el guía, Sebastián, un muchacho que lidera excursiones al Aconcagua con 19 ascensos a cumbre sobre sus hombros, su novia Paula, un guía auxiliar, Gonzalo que trabaja con él y dos franceses, Olivier y Anne –un matrimonio joven- que habían subido con ellos el Aconcagua en enero. Todos entre veinte y treinta años de edad. En resumen, un grupo de jóvenes atléticos y con experiencia seria en montaña. Donde te metiste Berni, estarán pensando ustedes y fue el pensamiento que cruzó por mi cabeza en ese momento, luego de las protocolares presentaciones.
El resto del día jueves lo dedicamos a alcanzar la base del volcán, a la que se accede desde Junín de los Andes, un pueblo a 40 kilómetros de San Martín. Acampamos allí y tuvimos la primera, impresionante imagen de la hermosa montaña que encararíamos.
Yo aprecio los volcanes aún más que las montañas comunes. Aunque estas últimas suelen ser más altas, están habitualmente rodeadas de otras montañas de similar altitud, lo que disminuye su imponencia o su destaque. Los volcanes se elevan por lo general solos, entre cerros o elevaciones bien menores, lo que los hace más llamativos.
El Lanín, -volcán extinto en la lengua autóctona local- tiene 3776 metros sobre el nivel del mar (en adelante msnm) y la base esta a 1100 msnm. Es llamado el Fujiyama argentino, y muchos lo consideran la más hermosa montaña del país.
El día viernes lo dedicamos a subir hasta el refugio ubicado a 2350 msnm. Nos tomó tres horas y media, obviamente cargando las mochilas. Por ser Semana Santa, el refugio –uno de los tres que hay en la montaña- estaba bien poblado, éramos doce personas en total. Quien no ha dormido en un refugio de montaña desconoce el amigable hacinamiento que allí se vive. Doce personas apretándose unas a las otras, matando el frío y el hambre, contándose sus historias, compartiendo sus pasados e idiomas, sus fideos y su arroz. Antes que se hiciera la noche salimos a buscar nieve para fundir y tener agua para la cena.
A esta altura del partido, yo había aprendido varias cosas sobre mis compañeros. El grado de intimidad que se tiene en una experiencia de este tipo es tan alto, que un día se alcanza a percibir la entraña de las personas. Los franceses me cayeron francamente mal. Munidos del mejor equipo de alta montaña que el primer mundo puede ofrecer –lo habían comprado para ir al Aconcagua en Manhattan y París-, no compartían nada con nadie. En la montaña, sacar la cantimplora, el protector solar o una barra de alimento y no ofrecer, es chocante.
El sábado nos levantamos –mejor dicho yo levanté a todos como es habitual- a las cuatro de la mañana y luego de un frugal desayuno partimos a las cinco, dos horas y media antes del amanecer. Allí me di cuenta lo primitivo, ridículo y tercermundista que era mi equipamiento comparado con el de todos.
No entraré en detalles técnicos que no interesarían a los no montañistas – o sea a todos ustedes- baste decir que mis ropas no abrigaban, no secaban, y me hicieron hasta tiritar mientras miraba el horizonte pidiendo a Dios que el sol saliera de una vez por todas para quitarme el frío que me estaba entumeciendo.
Como es de práctica, hicimos la subida a cumbre con mochila de ataque, o sea, cargada con lo mínimo –agua y alimentos básicos- dejando el grueso del equipo en el refugio. El ascenso no es técnico, o sea no requiere técnicas de escalada, sólo coraje y estado físico. Pero mucho de ambos. Fue mortal, por momentos creí que no llegaba o que no podría aguantarle el ritmo al grupo. Pero mula de carga como soy, llegamos todos a destino, al cabo de seis horas y media desde el refugio.
Había prometido llevarle a un amigo una piedra de la cumbre, pero no fue posible porque la cumbre es una masa de hielo. Íbamos con botas dobles –de plástico- y grampones por lo que no había problema en caminar sobre hielo. Arriba hacía entre menos cinco y menos diez grados centígrados. Estuvimos media hora, hicimos las típicas fotos de cumbre, individuales y grupales. El Lanín es limítrofe, así que como di una vuelta a la cruz que corona la cima, puedo decir sin faltar a la verdad que estuve en Chile.
Pensándolo bien, todo esto debe parecerles incomprensible: gastar tanto tiempo y dinero, pasar frío horroroso, cansarse hasta el limite, todo para pasar media hora chupando frío arriba de una montaña. No intentaré hacerlo comprensible, hay cosas que están en cada uno, hay pasiones no racionalizables. Quien sube montañas, me entiende, el que no, no conseguirá entenderlo por mucho que me extienda intentándolo.
Descendimos en menos de tres horas al refugio. Allí empacamos el equipo que habíamos dejado atrás, descansamos una o dos horas, comimos. Los franceses, para variar, agotaron el pan, el salame y el queso y para mi no sobró casi nada, le ponían cuatro y hasta cinco fetas de queso a cada sándwich, sin mirar cuantos faltaban aún por servirse.
En esta parte del descenso empecé a tener algún problema. La primera mitad, hasta el refugio, la hice a la velocidad de los guías. La espalda me dolía y pasaron varias horas hasta que me di cuenta que se había aflojado totalmente una espaldera de mi mochila. Esto es como pinchar una goma y seguir dirigiendo cien kilómetros, muestra de lo tonto que soy.
El final del descenso implica cruzar un gran playón de lava volcánica. Cuando yo estaba por ingresar a él, vi al grueso del grupo próximo a su salida, y a Anne la francesa en la mitad del playón. Calculé que Anne tomaría media hora más que ellos y yo otra media. A los pocos minutos, algo inesperado. Anne, en lugar de continuar descendiendo, sube, desvía y encara playón arriba. Intento hacerle señas que estaba andando en la dirección equivocada, pero sin éxito. Ni el guía que bien había cobrado por su trabajo ni su marido estaban a la vista. Para peor, la veo sentarse y no moverse más. Por muy cansado que yo estaba y por muy antipática que fuera la franchuta, no podía dejarla en esas condiciones, así que tuve que desviar e ir a buscarla, tarea para la que dos hombres del grupo tenían clara responsabilidad determinada, uno por lo que cobró, otro por el cura o el juez. Cuando la alcancé me dijo que no era nada, que simplemente estaba extenuada y necesitaba un descanso prolongado. El desvío lo había hecho para buscar agua de un río, ya que el precioso líquido se nos había acabado a todos.
De ahí en adelante seguimos juntos. Perdimos la salida hacia donde estaba el auto y continuamos playón abajo, caminando. Nos sabíamos perdidos del grupo pero en modo alguno nos desesperamos, porque comprendimos que siguiendo el río aguas abajo, tarde o temprano llegaríamos a un camino o a la casa del guardaparque. El paisaje era hermoso, de no haber sido que estábamos en pie y caminando desde las cinco de la mañana, y que eran las siete de la tarde.
El río terminó cruzando un camino donde al rato nos recogió la camioneta del guía. Lo insulté en cuatro idiomas. Fuimos a Junín de los Andes, donde la francesa quería –muy comprensiblemente- dormir en un hotel o posada. Pues el guía quería acampar y preparar –otra vez- arroz en los calentadores. Viendo que la cosa iba a terminar en un dialogo ríspido y una ruptura irreparable, concilié posiciones y convencí a la francesa de acampar y al guía de comer en un restaurante, como Dios manda después de semejante odisea. El guía era claramente incapaz de entender las necesidades y motivaciones de tres personas que vienen de Buenos Aires –los franceses- y de San Pablo para este ascenso. No era mala voluntad, simplemente no era capaz de comprender.
Al otro día, sábado de Semana Santa, tomé un ómnibus a Neuquén. Adivinaron, también vendió más pasajes que asientos por lo que llevó diez personas de pie en un viaje de seis horas, lo que además de incómodo es ilegal.
Llegué a Neuquén, sucio, hambriento, cansado, con mi mochila al hombro como único equipaje, de noche, sin conocer a nadie en la ciudad y sin reserva de hotel alguna. Esto hubiera desesperado a más de uno, pero no a mí. Por el contrario, sentí una agradable y familiar sensación. Los buenos viejos tiempos están de vuelta, Berni, pensé para mi entretela, recordando las tantas veces que pasé similar situación en Perú, México, Austria o Bélgica.
Y llega el fin de este relato. Hoy es domingo cuatro de abril de 1999, son las diez de la noche y estoy cenando una milanesa napolitana con cerveza en un bodegón de Neuquén, frente a la infaltable estatua de San Martín, que diestra erguida al frente nos invita, imagino, a atravesar los Andes y sobre la también infaltable Avenida Nueve de Julio. Mañana vuelo a Buenos Aires y de allí a San Pablo.
Un placer compartir a la distancia este momento con ustedes –magia de la escritura, permite ese compartir fuera del tiempo y del espacio físico-. Un placer subir montañas, un placer escribir.
En la plaza de enfrente, perfectamente visible desde mi mesa cuidadosamente elegida frente a los ventanales del modesto restaurante, hay un panel de los que se usan para colocar carteles publicitarios. Este no es exactamente como los otros. El afiche está en blanco y negro y contiene casi exclusivamente la foto de un hombre joven. Lo firma la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA). El rostro, la foto, está en la memoria de todos los que vivimos la Argentina en 1997. El epígrafe intenta combatir ese fuerte defecto de los pueblos –no sólo el argentino-, que es la falta de memoria, la facilidad con que se olvidan las cosas.
No se olviden de Cabezas, dice al pie.